lunes, 28 de octubre de 2013

Bandera negra al fútbol

En medio de una jornada donde varios países se jugaban su billete para el Mundial, la noticia pasó casi desapercibida. Solo unos pocos medios, como "Fútbol desde Francia", se hicieron eco del ocaso de un equipo que hace no demasiado tiempo generaba apuros a los punteros del campeonato galo sacando provecho a una de las redes de ojeadores más eficientes del país vecino.

En realidad lo sucedido era un secreto de dominio público, la trágica consecuencia de las altas aspiraciones de una entidad que vivió por encima de sus posibilidades y apuntó al sol en su momento de mayor esplendor, sin pensar en que el mundo del fútbol a veces le enseña el culo a quien ofrecía poco antes la mejor de las sonrisas.

Se queda pues sin club la ciudad en la que José Arribas, un español llegado de Bilbao, desarrolló toda su carrera como futbolista antes de sentarse a los banquillos para instaurar el "juego a la nantesa". El lugar donde otro mito de las bandas francesas como Cristian Gourcouff dio sus últimas patadas como profesional antes de su capricho canadiense en Montreal.

El mismo sitio en el que Jacques Songo'o lució sus pantalones largos durante una campaña como cedido a comienzos de los noventa y en el que el brasileño Grafite llamó la atención de un Wolfsburgo al que luego daría la Bundesliga formando pareja con el por entonces emergente Edin Dzeko.

Y ante todo la puerta de acceso a Europa para uno de los delanteros más importantes del balompié mundial en lo que va de siglo XXI. Didier Drogba fue el pionero al que antes o después siguieron varios miembros de la generación más brillante en la historia de Costa de Marfil como Romaric o Gervinho, ambos fichados procedentes del Beveren belga.

 
Por supuesto quedan nombres en el baúl de los recuerdos como Modibo Maïga, Ismaël Bangoura o Stéphane Sessègnon. Realidad pasada que ya es añoranza para una Le Mans que deberá saldar su orfandad balompédica con el ruido de los motores y el olor a goma quemada propio del ambiente de uno de los circuitos automovilísticos con más tradición. En ausencia del deporte rey, al que se le ha mostrado la bandera negra que obliga a abandonar a un piloto la prueba en Fórmula 1, muchos serán los que deseen que esas veinticuatro horas que venden la urbe al mundo se conviertan en semanas o meses.

No hay consuelo. El presidente Henri Legarda, que accedió al cargo en 2001 y proyectó un estadio con el que pasar a la posteridad, descubrió tarde que su faraónica obra estaba levantada en el lugar y el momento equivocados. Tras una sucesión de descensos; un déficit de catorce millones de euros y las deudas con los jugadores han sepultado al club norteño. Ahora, como siempre en estos casos, tocará empezar de nuevo desde abajo. Es el precio que tienen que pagar aquellos que juegan a ser Dioses en un Olimpo cada vez menos democrático y menos romántico.

No hay comentarios: